El gobierno de los Estados Unidos, al mando de las fuerzas de la OTAN, estaba decidido a acabar con el régimen talibán, que se había apoderado del control de Afganistán, debido al descubrimiento de sus vínculos con la agrupación terrorista Al Qaeda y a la protección que le brindaba. Para que este ataque cobrara una mayor legitimidad internacional, el discurso de los Estados Unidos se basó en que era indispensable realizar una invasión para liberar al pueblo afgano, que había sufrido incontables violaciones a los derechos humanos durante las últimas décadas del siglo XX, y establecer un sistema de gobierno democrático en el país que revirtiera esta situación.
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